Antonio Colinas
Llegó la Navidad y los villancicos nos abrieron, un año más –¿hasta cuándo?– a lo sagrado. También a esa otra forma de lo sagrado que son la música y la palabra poética. A la música nos abrió la Banda, dirigida por Carlos Daniel y días después el Coro del Milenario, dirigido por Jairo, quien nos anunció –entre el pesar de todos– su renuncia a la dirección del mismo. Esperamos sin embargo que, de una u otra forma, él siga cerca de la música en nuestra ciudad.
Villancicos como “En la aldea triste·” o “Hace frío” nos hicieron reparar, sí, en la estación del año que vivimos, pero sobre todo lo que se debe recordar es que la celebración de la Navidad –una celebración sagrada por excelencia–, es inútil sustituirla por unos días cualquiera que nos remitan a una fiesta más o al consumismo.
Pero hoy quisiera detenerme en una celebración concreta de esos días pasados y que esperamos se repita anualmente por su novedad y por su significación ética y estética. Me refiero a la representación en nuestra ciudad del Auto Sacramental de Gómez Manrique, El nacimiento de nuestro Señor, con la adaptación y dirección de Pilar Asensio.
Gómez Manrique (1412-1490) fue y es uno de los más celebrados autores de nuestro Cancionero prerrenacentista. Destacó, además, de por sus airosas canciones, como dramaturgo y en concreto nos dejó este Auto Sacramental que ha visto la luz, renacido y adaptado entre nosotros.
La eterna escena del poeta de Belén en el Portal (“Belén, Belén, qué dulce nombre…”), los cuatro pastores, los tres arcángeles, la vieja, el coro de niños y niñas y el de monjas fueron los personajes de esta obra que contó con la ayuda musical de la Escuela de la Pandereta y el grupo de Bailes de la Asunción…
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