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25 Nov 2012

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Las músicas de Manuel Fernández Núñez, mi abuelo

Felipe Fernández de Mata

Cuando mi abuelo no había cumplido aún los veinte años, tenía la cabeza llena de proyectos. Estaba en Salamanca y todavía no había terminado los estudios de derecho, pero más allá de los libros jurídicos, él tenía dentro una clara y fuerte vocación musical. Ignoraba entonces por qué dentro de sí asociaba los recuerdos, la nostalgia, o simplemente unos ojos de mujer con notas musicales. Posiblemente en su cabeza era un proceso que se llevaba a cabo de forma automática, en el que la cara de la joven que había conocido  el verano pasado en Asturias, le aparecía unido a la música que escuchó en aquellos días, y a otros aires nuevos que surgían fuertes, poderosos, en el interior de su cabeza. Él era sujeto pasivo de aquel mecanismo, de aquel proceso automático, pero sabía que debía escribir el resultado. Para él, pasaba a ser imperativo sentarse e ir pasando las notas al papel musical. Se sentía arrebatado cuando lo hacía, no podía parar, debía continuar y se sorprendía al ver que, al ir colocando las notas sobre el papel pautado, surgían tonos nuevos que él inicialmente no tenía en su cabeza. La composición, la creación fluía de forma espontánea, natural. Le bastaba con mantener sus ideas fijas en el punto en el que se unían el verano, los paisajes, los ojos de aquella dama y los aires de las fiestas populares que había vivido. Todo ello pasado por el cedazo de su especial idiosincrasia, que en ese momento tornaba sentimiento en recuerdo y enamoramiento en nostalgia. Quiero pensar que todo esto pasó por la cabeza de mi abuelo cuando compuso y escribió la Romería de Miravalles, que fue estrenada con éxito por el Teatro Liceo de Salamanca en 1902, cuando él tenía 19 años.
¿Y qué le llevaba a recorrer los pueblos de nuestra comarca para tomar nota de las canciones populares? Sin duda un sentimiento de fugacidad que iba más allá de la contemplación relajada que suscita en cualquier persona que escucha una de aquellas canciones. Su proceso mental asociaba la canción con tradición de siglos, y también con su posible desaparición en un futuro próximo, y eso le llevaba a recoger aquello que escuchaba, un tesoro para él, y conservarlo para poder transmitirlo, por escrito y con fidelidad, a quienes venimos detrás, en otras generaciones.

Mis abuelos Manuel Férnandez Núñez y Aurora de Blas Sobrino, el día de su boda en 1909

De la misma manera, podemos llegar a entender cómo al ir aceptando su capacidad de creación musical va incrementando el número de sus composiciones, especialmente en sus años de juventud, cuando el impulso artístico se siente con mayor fuerza, o cuando la vida le da motivos poderosos para canalizar sus sentimientos y sus ideas a través de la composición. De nuevo quiero pensar que este es el origen de la creación de “Aurora” estrenada en Madrid en 1918. La obra lleva el nombre de la primera mujer de mi abuelo, mi abuela Aurora, que había fallecido cuatro años antes de forma inesperada al dar a luz. Sin duda la obra recoge los sentimientos y la tormenta interior desatada en el corazón de mi abuelo por aquella muerte prematura que sorprendió a todos y que vino a alterar su equilibrio familiar y personal. Muy posiblemente la composición se concluyó en fecha más cercana a 1914 que a 1918, y simplemente tardó tiempo en concluir los arreglos para el estreno de la partitura en Madrid.
A través de sus escritos musicales conocemos las inclinaciones de mi abuelo hacia la corriente romántica que liderara Grieg de recoger y recuperar la música popular, y de intentar o realizar su integración en la música contemporánea a través de su inclusión en la música sinfónica moderna. Y ello es apreciable en varias de las composiciones y especialmente en los escritos de don Manuel. Pero como es lógico, no pudo sustraerse a los influjos de la moda. Sus composiciones para piano con ritmo de Vals Boston, dedicadas a la hija de Eduardo Dato o a la Bella Chelito, siguen esta dirección, obligada en un joven que vive con los pies en su mundo, en su tiempo, y que aprecia y sigue las tendencias musicales más escuchadas.
Por la cabeza monumental de mi abuelo pasaron infinidad de  materias. Hubo escritos históricos, políticos, locales, anécdotas, compuso música y escribió profusamente sobre temas musicales. Fue historiador, jurista, político, musicógrafo. Además padre de familia y profundo conocedor y amante de su tierra.
Pero tengo la seguridad de que la creación artística que mejor reflejaba su forma de ser y de pensar era la música. Era el nexo de unión perfecta entre él y el exterior, la que con más fidelidad y pureza recogía sus ideas, sus recuerdos, sus nostalgias, sus sentimientos.
Aprovechémoslo, y mantengamos vivo su recuerdo como homenaje a lo que nos dejó a los bañezanos, a los leoneses, a los españoles.

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