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18 Oct 2021

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De niño a adolescente inmigrante (II)

José Mateos Mariscal

El adolescente migrante
Los ojos almendrados de Leandro doblan su tamaño cuando cuenta el momento en que le dieron la noticia. Estaba en el patio de su casa, su padre entró al baño y sin mirarlo a los ojos le dijo que se iban a vivir a otro país. Tenía ocho años cuando descubrió en qué lugar del mapa mundial se ubica Alemania. Se emocionó por la aventura. Un año después se subió a un avión y lloró durante diez días. Iba junto a su madre y su padre . “Me cayeron las lágrimas cuando estaba llegando a Remscheid , la ciudad que está a veinticinco horas de mi Zamora. Pensé en que estaba dejando amigos, parte de mi familia, la cultura, las costumbres. Llegas a otro lugar y lo único que sigue contigo es tu familia, pero después cambia todo, todo”, explica.
Un día lluvioso y gris predijo su ánimo de los meses posteriores en Alemania. La primera persona con la que habló en el nuevo país fue la dueña de una pensión: “me miraba a los ojos y me preguntaba cómo me habían recibido. Yo no le entendía absolutamente nada, no hablábamos el mismo idioma. Fue como si hubiera llegado a otro mundo; ahí me puse un poco nervioso”. A Leandro le hubiera gustado volverse a España, pero dependía de la decisión de sus padres. Era el 2013 y tenía nueve años. Al mes de haber llegado ya estaba cursando tercer año del Secundario. Atravesó una “depresión” por la ausencia de su hermana en la escuela, el frío crudo del primer invierno de su vida en Alemania, la falta de amistades con quienes entrenar y la discriminación que vivió por ser extranjero. Un día golpeó la puerta de casa, tiró la mochila al suelo y se largó a llorar como si recién le hubiesen parido. Horas antes, un compañero de clase le humilló delante de todos: “Español, ¡Vuélvete a tu país!”. Empezaron a discutir, a subir el volumen, a gritarse. A Leandro se le subió la sangre a la cabeza, tenía las venas llenas de rabia. Perdió los cabales, insultó al compañero; sabía que debía calmarse, pero no podía.
No había remedio para tanta ira acumulada. Se cansó de las burlas, de que no lo entendieran, de que le faltaran el respeto, de que insultaran a su país diciendo: “los españoles sois unos vagos, los españoles solo dormís la siesta, una persona que mata toros es un asesino de animales”.

…Puede leer el artículo completo en nuestra edición impresa.

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