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17 Abr 2021

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Ser euroescéptico

Adolfo Alonso Ares

Hay días en que cuando me levanto me siento euroescéptico. Sobre todo cuando voy recorriendo la imagen insólita de la Europa comunitaria que ahora profetiza otra torre que, como aquella del Antiguo Testamento, se va desvencijando. Cuando no entiendo, al igual que muchos europeos de diferentes países, que el lugar en que vivimos haya sido dotado con tintes de carácter económico que no están bien resueltos. Cuando pienso que casi todo se ha hecho en torno a una moneda que sustituyó a la que teníamos y que, en un principio, solamente sirvió para que ese café de las mañanas, que costaba cien pesetas, pasase a costar, de un día para otro, más de ciento sesenta y seis. Y eso supuso que de repente todos los españoles siguiésemos perdiendo poder adquisitivo. Poco o casi nada puedo decir de los beneficios económicos que ese cambio aportó a los ciudadanos de los países del sur del continente. Y es que nosotros, sureños, no somos la Rusia en la que se habla ruso y se piensa en ruso, ni la China en la que se habla el mandarín, con el que casi todos se entienden.

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