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19 Ene 2019

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Santo, ermita y cerdo

Javier Castaño

Como no existía matadero hace años, los cerdos se sacrificaban en el corral o en la calle, a la puerta de casa. Era una tradición arraigada en esta comarca bañezana. Recuerdo perfectamente a los matarifes, que eran varios: Antonio Lobato Prieto, Angelito Turiel, su pariente Nines Turiel, Felipe González “Tarines”… Constituía este ceremonial una parte importante de la economía de nuestros pueblos.  Se vivían esas fechas con alegría inmensa, para los chavales sobre todo.
Sus orígenes se remontan a siglos atrás, pero poco a poco van languideciendo. Es más cómodo comprar la carne en trozos. La población rural va escaseando y envejeciendo. Aun así, esta sabia costumbre no ha desaparecido totalmente; el sabor de la carne, y los embutidos de una cuidadosa crianza, y elaboración manual, hicieron que estos productos tuvieran una calidad única y que además fueran el sustento de muchas familias. Antes el cocho era como una hucha de carne, de mucho comer el gorrino se llenaba. Mucho tiempo podemos estar mirando para una cosa sin acabar de verla. Yo lo mato y tú lo tienes en el plato. Ave por ave, el gocho si volase. El cochino y el avariento sólo dan un día bueno –el de su muerte–. Por San Antón echa cueros el lechón. Desde la cabeza hasta el rabo, todo es bueno en el marrano. En martes, ni tu hija cases, ni tu puerco mates.

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