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04 Jul 2012

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La herencia de la tierra. Amanecer minero

Esta historia está dedicada a los mineros y en especial a la gente de Ciñera de Gordón.

Manolo Ferrero.

Había una vez un rey que decidió dejar su reino en herencia, pero como no tenía hijos, ni sobrinos, ni personas de confianza, decidió convocar una oportunidad para todo el pueblo:
– ¡Que todas las ciudadanas y ciudadanos pasen por el castillo y hablen con su majestad! –ordenó reciamente–. Aquel que de buenas razones de nobleza que le hagan digno de mi corona, recibirá mi trono.
Después de hablar con todos, tarea ardua, quedaron tres finalistas; un banquero, un político de la corte y un minero.
– Está bien –sentenció el monarca– Os voy a poner una prueba y el que la supere se quedará con el reino. En menos de 24 horas, debéis llenar la gran sala imperial de palacio con aquello que tengáis, sin pedírselo a nadie.
El banquero tenía solo monedas, billetes, acciones y muchas casas, pero esas no se podían meter dentro de un castillo; eso sí, tenía las escrituras públicas. Llenó la sala de papelajos y calderilla en cantidades ingentes. Al verlo el rey, tomó un billete y exclamó:
– Esto es papel mojado, pues si los hombres no hacemos convención de lo que el dinero vale, esto no vale para nada. No le puedo dejar mi reino a un banquero, porque pone a las personas al servicio del dinero y no el dinero al servicio de las personas. No me vales.
El siguiente fue el político. Este no tenía tanto dinero como el banquero, porque lo que tenía lo había conseguido gracias al favor de los que mueven el dinero, pero tenía influencias y contactos. Llamó a todos sus esbirros y llenó aquella sala de poder falso y baldío. De gente que estaba allí no por lealtad, sino por miedo, interés, mediocridad, deuda o apoltronamiento. Toda la sala presente de acólitos, asesores, estúpidos, seres que nunca supieron qué hacer con su vida, que pensaron que lo único que conducía a la felicidad era ponerse una corbata y mirar a los demás por encima; personas que hacían del trepar una batalla de máscaras y besamanos. (Pobres infelices que nunca sabrán lo que el amor vale). El rey tampoco quiso dejarle en herencia al político su reino.
– ¿Qué será de las personas -se preguntó el rey- si solo se juntan con los otros por interés y no por amistad verdadera? El mundo se volvería una guerra pulcra por fuera, pero podrida por dentro. No habría paz verdadera, sino títeres del protocolo y las formas, reos de la mentira y mártires del peldaño siguiente. Esa escalera lleva al abismo. No. No me vales, político.
Le tocó el turno al minero. Esperó a que llegara la noche y le pidió al rey que apagase las luces. (Todas las luces del palacio). De repente, encendió el foco de su lámpara y, con los destellos, trató de darle mucha luminosidad a la gran sala, pero era un salón tan oscuro, tan grande, tan negro, tan profundamente negro, que una sola lamparilla no daba brillo. El minero miró al rey con tristeza y habló:
– Yo sé hacer del negro carbón luz cada día, para darle el pan a mi familia, pero con mi farol no puedo iluminar toda la estancia.
En el exterior se oyeron miles de voces en un solo clamor. Eran otros mineros que entraron por sorpresa al palacio. Venían cantando Santa Bárbara bendita. Encendieron los faros de sus cascos y, al prenderlos, toda la sala se llenó de estrellas. Aquello parecían las vidrieras de la Catedral de León.
El rey decidió darle su legado al minero, porque su ejemplo de unidad, de fortaleza, de lealtad, de trabajar por los suyos, al tiempo que aguantaba que en las cuencas mineras el dinero de los fondos Miner se lo comieran las ratas, eso sí, sin reinvertirlo en recuperar las montañas o en generar empleo, ese minero, tenía tanta dignidad que podía mirarle a los ojos al mismo rey.
– Lo he decidido. Mi reino para el minero.
¡Qué no os engañen, ciudadanos, diciendo que los mineros son terroristas! Violento es aquel que usa la mentira como un veneno, que se dice representante del pueblo cuando en realidad representa el interés de su bolsillo y de las multinacionales. Violencia es hacer algo en la vida sin vocación.
Señores políticos, rectifiquen. Ustedes son los que generan la violencia. Defenderse no es violento… fue el modo con el que nuestros mayores consiguieron los derechos que hoy nos quitáis.
En este cuento, donde dice minero, podría decir maestro, albañil, pescador, agricultor, cajero, frutero, funcionario, soñador, indignado, autónomo, camionero, etc. Todos somos uno. No más capitalismos. No es democracia el mercado, la especulación, paraísos fiscales, 6 millones de muertos en el mundo de hambre al día, venta de armas que ustedes no prohíben, leyes a medida de los grandes emporios, rescate a los bancos y recortes a los humildes. La vida de ustedes no puede ser nuestra muerte. Tengan memoria histórica, las injusticias generan explosiones de rabia. Pónganse al servicio de la vida, porque si no serán ricos infelices y gastarán en seguridad lo que no gastan en hacer lo correcto.
Mineros: defenderse no es hacerse hijos de la rabia. Prudencia y proporcionalidad. Políticos: háganse personas… Pongan su oficio al servicio del interés general. No queremos guerra… con la guerra perdemos todos.

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