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03 Abr 2012

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Aflicción bañezana

José Dionisio Colinas Lobato.
Ha sonado el tambor. El ronco fragor de una nota, arrancada a la curtida badana, ha roto de nuevo el firmamento bañezano de dolor y recogimiento. Semana Santa Bañezana, días de aflicción e imaginería religiosa, de penitencia, de sabor a almendra salada y limonada, de monumentos con olor a cera derretida.
El viento, que todavía viene fresco del monte Teleno, surca el rostro de la Virgen, humedece el brochado manto de terciopelo negro. De sus almendrados ojos, un surco de lágrimas inunda con ansiedad su faz, como si se tratase de fertilizar, con esa peticionaria agua, la seca y feraz vega de nuestros ríos.
Suavemente, han deslizado sus pies los hermanos cofrades bajo el negro capillo, el sudor comienza a humedecer el paño. ¿Será el esfuerzo por el peso de las andas que lleva la imagen? Quizás, en otros, sea la lágrima real y peticionaria de alguna promesa que, el congregante hermano, ha hecho al Hijo llagado y dolorido.
Y así, un año y otro más, las cofradías van conmemorando este Calvario que semeja a este sacrificio de paro e injusticia humana.
Ahora, es la campana ferrosa de la ermita la que tañe, es el encendido de velas y hachones, los que marcan el inicio del camino, el recorrido del cortejo religioso, séquito de morados papones, estandartes al viento en una tarde donde los hermanos cofrades menores han aguardado la espera de ese momento, cuando el martillo suena y se quita la horquilla para adormecer al Crucificado en los hombros acolchados.
El golpear de las horquetas marca el compás de los latidos de los corazones. Es el incienso el que ahora perfuma nuestras calles, adormece las plegarias del penitente, dulcifica el semblante de la Madre Dolorida.
La noche se ha cerrado, a lo lejos, en la espigada torre de aquel viejo monasterio que hubiese en monte Urba, las campanas suenan a dolor, es como al principio camino de aquel otro monte Calvario.
Silencio, la austeridad luminaria ha decrecido, el perfume del incienso se ha disipado, en el final de la calle solo se escucha el leve y suave rezo de los clérigos.
Ha pasado el Nazareno, de su espina brota la sangre rojiza de perdón, el cansancio de su rostro cetrino refleja el aroma dulzón con que las flores olorosas de los ramos han embriagado la capilla.
La imagen del último paso se difumina a la vuelta de la esquina; es el momento en que el silencio es roto por el sonido del chasquido de dos monedas cuando chocan contra el suelo, es el estruendo a lo lejos de las carracas en las oscuras y tortuosas calles bañezanas.
Es la Dolorosa la que ahora vaga perdida por las calles y plazas bañezanas, deseosa está de encontrar el cuerpo muerto de su Hijo. Al fin, lo ha encontrado, son los brazos de los hermanos los que se encargarán de este encuentro, para luego transportar, con ceremonial dolor, ese Desenclavo.
Por entre los chopos del viejo río quieren aparecer unos tibios rayos de sol; es la madrugada, es la luz difuminada por los pasos, es el encuentro de la Madre que, plagado el rostro de lloros, envuelve con su manto el lanceolado cuerpo de su Hijo, abatido por el látigo del sayón.

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