Marta del Riego Anta
Una cabaña en la desembocadura del río Temo, al fondo la costa escarpada y salvaje de Cerdeña. Vamos a hacer una excursión de submarinismo. Somos un grupo reducido: una familia de Nueva York, un hombre con barba, un adolescente y yo. Digo, alguien se ha olvidado un móvil sobre el banco. En la pantalla se ven caritas pequeñas como en una de mis telereuniones. Es mío, responde el hombre de la barba enfundado en un traje de submarinismo, estoy en una llamada. Se ríe. Luego sube a la lancha con nosotros. Se sienta en la proa. Y sigue la llamada con el móvil en la mano. Sopla el mistral, la mar está picada. Cada vez que ascendemos la pared de una ola y caemos de golpe, el estómago me asciende a la garganta, y luego viene la siguiente ola, que parece más alta todavía. Todo el mundo está un poco sobrecogido, excepto la capitana, una mujer morenísima que bromea con el guía en dialecto sardo. Y excepto el tipo del teléfono. Mira a su hijo adolescente y le susurra en inglés, ya termino. El hijo pone cara de vergüenza. Entonces el padre se despide y acto seguido hace una llamada en italiano; después, una en español. Cuando cuelga y estamos todos ya medio mareados, nos observa y suelta en inglés, ¿qué hace una familia de Nueva York en esta esquina perdida del mundo? Nadie contesta. Le da igual. Sigue hablando, que vivió quince años en Londres, pero no es vida para un niño, la campiña inglesa es muy aburrida, está muy contento de haber regresado a Roma, a la vida mediterránea, ah, “¡la dolce vita!”. Ni una sola vez mira alrededor.
Aterrada con esas olas gigantescas, no digo ni mu. Pero pienso si “la dolce vita” consiste en llevarte a tu hijo a hacer submarinismo y continuar con tu ritmo de trabajo en una barca en medio del mar sin ni siquiera echar un vistazo a la belleza que te rodea. Yo, por el contrario, he decidido que estos días en Cerdeña serán de desconexión total. Dejar el móvil en casa, eso lo primero. Y nadar en el mar, visitar alguna aldea, dormir la siesta, leer, un vinito al atardecer. Acompañar a V. al supermercado. Eso también es desconexión.
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