El venerable Siervo de Dios Ángel Riesco Carbajo y el Año Jubilar de la Misericordia

11 de abril de 2025

Ramón Fita Revert

Como este escrito se publica en “El Adelanto” les resultará familiar a sus lectores la figura de don Ángel Riesco, ya que es un personaje entrañable en La Bañeza pues forma parte de su historia. Aquí pasó 22 años desempeñando un fructífero apostolado sacerdotal cuyas obras aún están vivas y patentes. Primero como coadjutor de la parroquia de El Salvador, luego como párroco de Santa María y posteriormente 3 años como obispo emérito. En 1972 entregó su vida a Dios y sus restos mortales reposan en Santa María. En esta ciudad don Ángel desplegó una intensa labor evangelizadora, hasta el punto de que su fama de santidad es incuestionable.
Su mayor preocupación fue la evangelización: la catequesis de los niños, la formación cristiana de la juventud, de los hombres y de las mujeres de toda edad y condición. Fundó las cuatro ramas de la Acción Católica. Preparó debidamente a sus feligreses para que pudiesen hacer frente a las grandes pruebas que se avecinaban contra la Fe. Y catequizó a esta porción de la Iglesia que le fue confiada, humana y espiritualmente.
Don Ángel fue un experto catequista que supo con una asombrosa creatividad recurrir a eventos, a campañas, a cursillos y movimientos, etc. Consiguió motivar a sus parroquianos en el seguimiento de Cristo Jesús. Fue un cura de almas que no perdió el tiempo en cosas que no fueran las propias de su ministerio, ni se le ocurrió hacer novedosos “experimentos”. Incluso, en aquel contexto histórico que le tocó vivir, también supo usar el apostolado de la pluma logrando sacar a la luz, en 1931, el periódico “El Adelanto”, el cual se definía como “semanario católico independiente”.
Fundó también en aquellos tiempos una academia nocturna dirigida a los marginados y a los que carecían de cultura y de enseñanza, con el fin de promover un nuevo conocimiento social cristiano e impartió la formación profesional. Y, para que todo esto fuese posible don Ángel utilizó la maestría del abad san Benito el “ora et labora”, la oración y el trabajo que es la misma sabiduría que expresa el conocido refrán: “a Dios rogando y con el mazo dando”. Buscó entre sus feligreses la ayuda humana necesaria para que fuese posible aquel plan pastoral. Con sus recias virtudes cristianas y con aquel característico amor a Dios y al prójimo, don Ángel encontró la colaboración necesaria para promover aquellas iniciativas. A don Ángel Riesco se le quiso entonces como sacerdote y como Obispo. Y se le sigue queriendo en la actualidad. Esa fama de santidad permanece y va en aumento hasta el punto de que la Iglesia ha reconocido la heroicidad de sus virtudes, proclamándolo Venerable siervo de Dios.
Por tanto, aquel empeño que don Ángel Riesco tuvo sembrando el Evangelio, es similar al tesón que el Papa Francisco tiene cuando urge la renovación espiritual y la transformación del mundo. Y, para poder contemplar el rostro de Cristo en las situaciones cambiantes del mundo moderno, debemos no perder de vista de los santos que, a pesar de ser de nuestra misma naturaleza humana, la gracia de Dios consiguió transformarlos de tal modo, que Él se manifiesta realmente a través del rostro de ellos.
Por eso, con toda solemnidad, como suele hacer la Iglesia desde hace muchos siglos, el pasado 24 de diciembre el Papa Francisco abrió la Puerta Santa de la Basílica Vaticana dando comienzo así al Jubileo Universal de 2025. Después se fueron abriendo por todo el orbe cristiano las puertas de las catedrales y de los demás templos jubilares. Ciertamente, abrir las puertas, abrir los corazones, redescubrir la alegría de la Fe y del encuentro con Cristo Jesús es lo que se nos pide, confesar que Cristo es nuestra mayor esperanza y luego llevar la luz de Cristo al mundo que “vive en tinieblas y en sombras de muerte”.
La esperanza nace, no de la indiferencia, ni de la comodidad; la esperanza no admite la falsa prudencia de quien no se arriesga por miedo a comprometerse. La esperanza es incompatible con la vida tranquila de quien no alza la voz contra el mal ni contra las injusticias que se cometen en el mundo. Al contrario, la esperanza cristiana nos invita a la paciente espera del Reino de Dios que germina y crece en nosotros, de modo que, con valentía, podamos compadecernos de los más pobres e indefensos. Allí donde se ha perdido la esperanza cristiana; allí donde la vida está herida, donde las expectativas han sido traicionadas, donde los sueños han sido rotos, donde los fracasos han destrozado el corazón; allí donde el cansancio, la soledad y el sufrimiento han devastado el alma, se debe sembrar la esperanza del Evangelio.
Este es el porqué y el para qué del Año Santo Jubilar. Así lo dijo el Papa en la homilía que pronunció la noche del pasado 24 de diciembre, Cristo Jesús se encarnó para todo hombre y mujer que viene a este mundo; Cristo Jesús es Dios con nosotros. Y, donde está Cristo florece la alegría, la vida tiene sentido, y la esperanza no defrauda. Como vemos, esta doctrina del Papa Francisco es la misma que predicó y vivió el Venerable siervo de Dios Ángel Riesco Carbajo. “Acordaos de vuestros pastores, que os predicaron la palabra de Dios, y considerando el fin de la vida, imitad su fe. Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos” (Hb. 13, 7-8).








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