Juan Antonio Fraile Gómez: Misionero

26 de octubre de 2018
JUAN ANTONIO FRAILE GÓMEZ

Nació en Madrid en 1960. Tras finalizar la carrera de Magisterio sintió la llamada a hacerse Misionero Comboniano, para lo que estudió en Granada y en Insbruck (Austria). Se ordenó en 1994 y, al pedir que le enviaran a África, fue destinado a Zaire, donde se «vivían los últimos años de Mobutu, era un caos total y luego estalló la guerra de Kabila…». Ha estado 12 años en la ahora llamada República Democrática del Congo y actualmente forma parte de una comunidad con 13 parroquias en Palas de Rey (Lugo), que también realiza animación misionera con los peregrinos del Camino de Santiago. Además de las lenguas nativas y el español, habla otros cuatro idiomas ‒francés, alemán, italiano y lingala (lengua principal del Congo)‒ y es profesor de francés, «aunque me suspendían en el colegio» (risas). Está haciendo la campaña del DOMUND en las diócesis de Astorga y León.

¿Cómo nació tu vocación misionera?

Preparando las oposiciones de Magisterio ayudaba en mi parroquia de Madrid como catequista y pensaba incluso en casarme con una chica a la que quería mucho, pero sentí la llamada de la misión y lo dejé todo.


<strong>¿En qué consiste el trabajo de misionero?</strong>


No hacemos otra cosa que compartir lo más importante: la propia vida y la fe en Cristo; vivir como Él nos ensenó, que es la que da sentido a todo el existir y nos hace felices, por lo que, en lugar de guardarlo para nosotros mismos, lo intentamos transmitir compartiéndolo con los demás, sobre todo con aquellos que más lo necesitan.


<strong>¿Cuáles son las mayores dificultades que te has encontrado en tu labor?</strong>


Muchas veces te asalta el desánimo, al ver que aquello que vas haciendo parece que no da fruto, aunque en el fondo toda semilla produce; pero por encima de todo destacaría la violencia que he vivido allí, tanta injusticia, y saber que aquí mucha gente no le da importancia.

<strong>¿Y satisfacciones?</strong>


Muchísimas. Allí la Iglesia hace un trabajo imprescindible ‒tanto pastoral como social, con las mejores escuelas, centros de salud y hospitales‒ que evita la catástrofe total. No es extraño que, en las primeras elecciones libres del Congo, se escogiera a un sacerdote católico para guiar la Conferencia Nacional y a otro para que las organizara.                                                                                                                                   En una ocasión, día de Viernes Santo, fui a visitar pueblos en la selva, para confesar y dar la comunión, y me hablaron de una mujer que estaba muy enferma y no había podido acudir. Más de una hora y cuarenta minutos después llegamos a una minúscula y mísera cabaña, con un pequeño fuego, una gallina y un camastro, donde se encontraba postrada. La confesé, le di la comunión y me dijo «Padre, me ha dado la alegría y el regalo más grande de mi vida trayéndome a Cristo». Metió la mano debajo de la gallina, sacó dos huevos y me los dio «para que cuando vuelva se los pueda comer» (normalmente allí la gente no los come sino que los vende). Yo no los aceptaba y, al insistir en que no los despreciara, los cogí. La vuelta fue un retiro para mí, llorando y dando gracias a Dios por la lección que me había dado.

…………….(Puede leer la entrevista completa en nuestra edición impresa)

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