ALFONSO MARTÍNEZ
Nacido en Asturias, su vida transcurre en el País Vasco, donde ejerce la docencia durante 13 años, incorporándose a la actividad política en el año 1979, hasta 1995, y regresando, después de 34 años de ausencia, a Asturias.
En el verano de 2008 se domicilia en Villamediana de la Vega (León) buscando un espacio tranquilo y cercano a lugares cargados de historia, desde el que dedicarse a lo que siempre ha querido hacer: escribir y novelar historias y leyendas en el marco temporal de la Edad Media, época por la que se siente subyugado. En Villamediana encuentra la paz y la tranquilidad necesarias para dar rienda suelta a su imaginación, de la que han salido la trilogía del caballero Iñigo Aldai, El niño que resucitó de entre los muertos y El secreto de las hojas perdidas, que acaba de ver la luz
<strong>¿Cómo definirías este libro, ya que incluye historia, intriga, leyenda y amor?</strong>
No se puede enmarcar plenamente en la novela histórica, pues es una mixtura entre ese género y la actualidad. Relaciona hechos del 502 con otros de julio de 2011, así que la definición quizás corresponda más al lector que al autor.
<strong>¿Has querido hacer un homenaje a tu “tierra de acogida”?</strong>
Hace unos días, alguien, en una presentación, me preguntó si vivía en Villamediana de la Vega, y le respondí que más que vivir, pues vivir se puede hacer en cualquier lugar, disfrutaba de la vida en Villamediana y en esta cautivadora comarca cuya sed calman el Órbigo, el Tuerto, el Duerna, el Jamuz y el Eria. He querido, en la medida de mis posibilidades, rendir homenaje a esta tierra en la que tanto disfruto y a sus gentes que tan bien me han acogido. De hecho, mi inspiración ha sido la longevidad que las gentes de esta comarca alcanzan, a pesar de haber tenido una vida dura, muy dura, en circunstancias muy difíciles, y observar que llevan sus noventa y tantos años tan enteras, con un vigor y un optimismo vital realmente envidiable y sorprendente. Mujeres que han parido y criado 12 hijos, gentes que han encallecido sus manos y curvado sus espaldas cultivando la remolacha, el maíz o la patata durante años y años, sin otra maquinaria que un arado tirado por mulas, soportando el extremado frío del invierno y el tórrido calor de verano, desde el amanecer hasta que la oscuridad les impedía seguir… En fin, gentes admirables, con sus virtudes y defectos, pero admirables en cualquier caso. Creo que Machado se refería a ellas cuando decía aquello de Son buenas gentes que viven, laboran, pasan y sueñan, y en un día como tantos, descansan bajo la tierra.
<strong>Es una novela totalmente actual, en la que La Bañeza y los pueblos de la comarca juegan un papel fundamental. ¿Cómo ves la relación entre las dos partes?</strong>
No podría cumplir mi deseo de rendir homenaje a la comarca y a sus gentes, si sus pueblos no tuvieran un papel importante en la novela, tanto en el siglo VI como en el XXI. Los pueblos son reales, como lo son también casi la totalidad de las personas que figuran en ella; con sus nombres y apellidos, personas que viven actualmente, que han contado sus experiencias a la protagonista de la novela, así como lugares en los que, de forma más o menos principal, transcurre la trama: hotel, cafetería, plazas, restaurantes, farmacia, etc., lo que, de alguna forma, cumple otro de mis objetivos al escribir El secreto de las hojas perdidas: que el lector foráneo sienta curiosidad por conocer los lugares en los que trascurre la acción de la novela y se acerque a ellos, convirtiéndolos así en puntos de cierto interés turístico. Quizás este objetivo pudiera ser considerado como pretencioso, pero no renuncio a aportar mi granito de arena para que esta hermosa comarca sea cada vez más conocida y admirada.
<strong>¿Veo que no has renunciado al final feliz, a pesar de que se podía haber resuelto de muchas formas?</strong>
Cuando escribo pretendo que el lector se entretenga, que disfrute con la novela, que pueda aumentar su bagaje cultural, si es el caso, y que, cuando haya terminado la lectura, pueda decir que ha pasado un buen rato y que no le ha dejado mal cuerpo. Demasiados momentos malos tiene la vida cotidiana propia y la ajena -basta ver la tele o leer los periódicos para comprobarlo- como para que mi novela, con una final triste, trágico o dramático, deje al lector apagado, abatido, desesperanzado y sin la alegría necesaria para afrontar un nuevo día. Me gustan los finales felices, aunque siempre dejo ese final algo inconcreto para que el lector lo remate según sus deseos e imaginación.
<strong>¿Dejas la puerta abierta para una segunda parte que complete o amplíe el interesante argumento?</strong>
No. No tengo esa intención aunque haya campo para ello, pero… nunca digas nunca jamás. Quizás con este ejemplo sea capaz de expresarlo mejor: cuando terminé la trilogía de Iñigo Aldai, la daba por cerrada, pero he recibido docenas de emails pidiéndome una cuarta parte, pues quieren saber que ocurre con los amores de Lucas y Ana, si realmente el Regidor muere por fin… así que, por consideración a esos lectores, no puedo descartar la posibilidad de que en algún momento intente darles satisfacción.
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