Melchor del Río Salvador (Chorín): mecánico de motos

29 de septiembre de 2011
MELCHOR DEL RÍO SALVADOR (CHORÍN)

Nació en La Bañeza, en 1937. Fue a varias escuelas, como la de Don Servando, Don Justo o Don Ricardo, y posteriormente al Colegio La Salle de Palencia “y aunque mi padre me mandaba a estudiar, lo mío no eran las letras”. Con ocho años ya arreglaba bicicletas en el Garaje España, que estaba situado en lo que es ahora la avenida Vía de la Plata, enfrente del antiguo Banco Santander.

<strong>¿Dónde aprendiste el oficio?</strong>

De niño, limpiaba bicicletas, las engrasaba para su alquiler y ayudaba a mi padre en lo que sabía. Los primeros pasos los di en Castro Motor de León y la mecánica la aprendí en Gijón, en MV, donde también monté una moto para mí, que andaba a 110 y todavía tengo. Iba aprendiendo, siempre probando y equivocándome… Soy un enamorado de la mecánica y he sido feliz con las motos.

<strong>¿Cuándo te estableciste por tu cuenta?</strong>


Lo hice en un garaje situado enfrente de lo que hoy es Correos. Al principio, trabajábamos sobre todo bicicletas, que era el medio de transporte más común. Así todos los días, incluidos los domingos, porque la gente las dejaba incluso cuando venía al cine. Y todo era gratuito, se hacía como un servicio al cliente. Durante diciembre, enero y febrero me iba a Brasil, con mi padre, porque no tenía trabajo. Él estaba muy bien montado y yo vivía dos vidas, una allí y otra aquí. La ilusión de él es que me quedara allí, mi familia no se creía que era un hombre bien situado y un día los lleve y vieron que era cierto, aunque no nos quedamos porque había que hacer siempre lo que él decía y yo no estaba por la labor.

<strong>¿Cuándo se produjo el paso de la bicicleta a la moto?</strong>


A finales de los cincuenta. La gente acudía desde los pueblos a trabajar y el paso es lógico. Al cansarse de dar pedales, lo primero que compraron fue el ciclomotor. Tuve la suerte de empezar con la casa Vespa y en el partido judicial entregué más de 4.500 Vespinos. Hicimos muchas reparaciones, porque la gente las traía a arreglar cuando las iba a usar, sin haber mirado para ellas en todo el invierno. Como costaban bastante, muchas veces les valoraba la moto y adquirían una nueva. Nos juntamos con infinidad de motos, algunas las vendíamos de segunda mano y otras iban para el desguace.

<strong>Siempre atendías al que acudía.</strong>


Nunca ponía malas caras, me gustaba charlar con los clientes y amigos, y las pequeñas reparaciones las hacía durante el día, mientras que las grandes las dejaba para la noche. Siempre me acosté muy tarde. Luego decían “Chorín no abre hasta las diez y media, por lo menos”; y es que tenía que dormir algunas horas. Aprendí mucho de Fuciños, con el que hice pruebas increíbles.

<strong>¿Cuál es la moto que daba mejor resultado?</strong>


La Bultaco, sin duda. La calidad de las piezas era muy superior a la de ahora. Solo se estropeaban por la falta de cuidado de los usuarios, por inexperiencia al no echarle el aceite adecuado o forzarla más de lo debido, porque los chavales estaban todo el día compitiendo. A la gente siempre les gustó correr y al taller iban a que se las trucáramos para eso, aunque nunca se les ocurrió poner mejores suspensiones o frenos, por ejemplo.

<strong>Fuiste un mecánico reconocido.</strong>


Puede ser, pero hay que renovarse o morir en este mundo en el que lo que prima es la electrónica y no la mecánica. Veía las cosas venir y mandé a mi hijo a prepararse, pero, cosas de la vida, se casó y se marchó a otro lugar. Arreglé miles de motos “sólo soplando”, como dicen algunos, pero tampoco cobraba por eso, y ahora te pasan una factura que asusta. Lo que más hacíamos era levantar la culata y quitar la carbonilla, la famosa “perla” que se metía en la bujía. Tuve algunos aprendices, uno de ellos fue Abel Martínez, con el que me une una gran amistad, que se marchó a trabajar a Estados Unidos, ejerció de mánager general de Julio Iglesias y hoy lo es de su hijo Enrique.

<strong>¿Cómo ves la afición a las motos en esta zona?</strong>


Creo que la afición a las dos ruedas la llevamos en la sangre. El Moto Club lo fundaron un grupo de amigos en casa de mi tío Vicente Galán, entre ellos Tolín Villamandos, Pepe Cabello, Laureano Valero y Quinito Moro. Tengo el carnet número 20 de socio del Moto Club.

<strong>¿Alguna anécdota?</strong>


Animé al distribuidor para León, Castro, para que cogiera la marca Bultaco, porque había ganado pruebas. Yo era su servicio oficial en La Bañeza y, una mañana, el equipo de Ramón Torras se presentó en mi casa con dos motos para repararlas y preguntaron si esperábamos algún corredor para la carrera de la Patrona. Le dije que sí, entre otros a Torras. Un mecánico me siguió preguntando si lo conocía y respondí que sí, por el Marca, aunque tenía ganas de conocerlo personalmente. Él me respondió: si tiene tantas ganas, éste es Ramón Torras. Me quedé tan cortado que no supe reaccionar ni dije nada. Dimos una vuelta andando al circuito de entonces, para observar los ángulos de las curvas, y ganó de corrido.

<strong>¿Cómo ves el tema del circuito permanente?</strong>


Muy difícil. Hace veinte o treinta años hubiera sido más sencillo y no se hizo. La Bañeza tiene una afición grandísima pero no hay más, y hoy hay que hablar de millones de euros.

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