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15 Jul 2011

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El “tío Quico” de Pinilla: El “abuelo” de España

En el Extra de las fiestas,
hace un año ya cumplido,
en una amena entrevista
le prometí al señor Quico,
que dentro de doce meses
le volvería a hacer un sitio,
así que hoy lo saco aquí
bien “vestido de domingo”.
Él es Francisco Fernández,
familiarmente, “el tío Quico”,
y es “el abuelo de España”
nuestro entrañable vecino…
Porque ya tiene… ¡10 años!
sumados a todo un siglo.
Y se mantiene hecho un mozo,
aunque le falle el oído…
pero de “tó” lo demás,
sigue en su sano juicio,
y se ven en su mirada
halos de paz y de brillo.

Nació hace mucho en Pinilla,
y nació, con “cero” añitos.
Poco a poco fue creciendo,
con patatas y tocino,
y con tan solo doce años,
cuando todavía era un niño,
hízose pastor de ovejas
por esos montes perdidos.
Sigue creciendo el muchacho
y el mozo, bien parecido,
se casa, y tiene con Rosa
un par de hijas y de hijos.
A los 26 el joven,
muy lanzado y decidido,
emigra para el país
do habitan los argentinos.
Allí se pasa siete años,
trabaja en varios oficios,
y aunque no hace “las Américas”,
se gana algún dinerillo,
y se vuelve para España
en busca de esposa e hijos.
Pero, al estallar la guerra,
sus sueños se hacen añicos.
Y aquí “reempieza” una vida
de trabajo y sacrificios,
y aquí quedó “El Galochero,
que, aunque galochas no hizo,
hacía galochas su suegro,
y heredó el apelativo.
Luego se hace resinero,
sacando el jugo a los pinos,
y otros muy duros trabajos,
segar, trillar en el trillo,
y a cambiar a La Bañeza
el centeno por el trigo…
Más tarde llegan los nietos
y bisnietos a porrillo,
que desde hace varios años
lo rodean con cariño,
y celebran muy felices
los cumpleaños del “niño”.

Anécdotas, un millón,
cuenta con gracia y con tino:
Un buen día de un duro invierno,
el pequeño pastorcito
se pierde con las ovejas
y se queda en “El Serrico”;
a la mañana siguiente,
congelado y aterido,
lo encuentran entre la nieve,
pensando: “yo aquí las diño!”
¡Anda, que no le quedaba
cuerda, aún, al señor Quico!

Es, a pesar de sus años,
un lector empedernido,
que el cura de Pobladura,
muy bien le inculcó tal vicio:
Lleva desde los 40
al periódico suscrito
que le gusta “estar al día”,
y “a los años”, al tío Quico.
Él ya votó en la República,
“descansó” en el franquismo,
y ha poco ha vuelto a votar
en los últimos comicios.
¡Nunca un voto tan maduro
tuvieron nuestros políticos!

Pero ¿cuál es el secreto
de llegar a más de un siglo?
¿Será estar de buen humor?
¿Será el aire de los pinos?
¿Será el paseo con Tomás,
los sábados y domingos,
bien conducido en su silla,
por nostálgicos caminos
por el mejor conductor
de la silla del tío Quico?
¿Será que en su larga vida
no ha fumado ni bebido?
¿Será que es dicharachero,
charla como un descosido,
y siente cómo le cuidan
con gran cuidado y gran mimo?
¿Serán sus muchos recuerdos?
No lo sé, mas ya termino,
que es el romance más largo
que en El Adelanto he escrito.
¡No se puede resumir
en cien versos, más de un siglo!
Bríndole aquí mi homenaje.
Se lo tiene merecido.
Como cumple… ¡ciento diez!
el próximo 25,
con una tarta en la mano
y con un fuelle lo pinto,
para que apague sus velas
con un potente soplido…
¡Feliz, Feliz cumpleaños!
y… ¡hasta otro año, señor Quico!

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