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24 Oct 2012

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Olga Cavero: La “Alhaja” de La Bañeza

Hoy “vestida de Domingo”,
o sea, “vestida de gala”,
de los pies a la cabeza
por mil joyas adornada,
les presento a una señora
que es una auténtica dama.
Es nacida en La Bañeza
¡bañezana hasta las cachas!
¿Hace cuánto? ¡Qué más da!
¡Eso no tiene importancia!
Olga es su nombre de pila
y es Cavero apellidada.
Sus tres primeros añitos
en La Bañeza se pasa.
Pero sus padres, maestros,
cogen a Olga y se marchan,
con el cabás y la tiza,
al Aranjuez de los Austrias.
Allí aprende con sus padres
la lengua y las matemáticas;
luego estudia con las monjas
de la “Familia Sagrada”;
se hace mayor, se enamora
y felizmente se casa.
Y vuelve “pa” “su Bañeza”,
y en La Bañeza se instala,
ayudando a su marido,
traumatólogo de fama,
el famoso “Carvajal”,
—quien me dejó tres semanas,
estando en el Seminario,
con la pierna escayolada—.
Se prepara oposiciones,
se hace enfermera de talla:
En La Virgen del Camino
se viste de cofia y bata…
y a poner mil inyecciones
en las más variadas nalgas.
Más tarde se va a Pozuelo
con su jeringa y sus gasas
y allí sigue “jeringando”
con tanto salero y gracia,
que muy pronto nos ascienden
a esta “escaladora” nata
hasta el “Monte San Isidro”,
donde la dejan “en planta”.
Allí se pasa otro tiempo
entre estornudos y asmas,
hasta que, ya en Santovenia,
le llega la “Edad dorada”.
Y entonces, a su museo
se dedica en cuerpo y alma.
Que ya desde muy pequeña,
como era inquieta y muy trasta,
se enamora de los trajes
que sus abuelos guardaban.
En los baúles rebusca,
en el desván entra y saca,
y revuelve los rincones
que había por aquella casa,
en los cuartos, en el sótano,
en la bodega y la cuadra…
Es el germen del famoso
“Museo de la indumentaria”.
Luego, con ímpetu grande,
puro empuje y pura casta,
—“De casta le viene al galgo”,
o, mejor dicho, a la galga—
sigue pateando rincones
de La Bañeza y comarca,
coleccionando collares,
pendientes y collaradas,
bellos anillos de oro,
lindos colgantes de plata…
Hasta que a Olga, un buen día,
le da la corazonada
de montar en La Bañeza
un museo con sus alhajas.
Busca, clasifica, ordena,
pule, relimpia, restaura,
y piezas de mucho mérito
del olvido ella rescata:
mantones de hace cien años,
blusas y antiguas enaguas,
corsés del año la pera,
bragas de seda bordadas
y todo tipo de prendas
por mil piedras adornadas.
¡Lo que Olga ha reunido
debe valer una pasta!
Pide ayuda a instituciones,
insiste, vuelve, se enfada,
pero, como es muy constante,
de tanto darle a la labia,
de tanto ir de acá pallá
y tanto dar la tabarra,
al final convence a todos
y logra lo que soñaba:
El montar en La Bañeza
“El Museo de las Alhajas”.
Mujer harto generosa,
simpática y campechana,
bien merece por sus obras
miles de aplausos y palmas…
Tan solo tiene un defecto,
y es que es “un poco callada”:
Es decir, que calla poco,
y que por los codos habla,
porque cuantos la conocen
dicen que Olga no se calla,
ni cuando va a las piscinas
y está debajo del agua.
Como no puede estar quieta,
Olga fue… hasta concejala.
Aún podría seguir hablando
de los logros de esta dama,
pero voy a ver las joyas
del “Museo de las Alhajas”.
¿Aún no lo has visto, lector?
Pues… ¿Por qué no me acompañas?

       Domingo del Prado

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