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21 may 2020

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En recuerdo del Obispo Juan Antonio Menéndez
El_Obispo_con_sacerdotes_y_bañezanos_en_el_Santo-Potajero_de_2017(Manuel-A-Raigada)

El día 15 de mayo se cumplió un año del fallecimiento del Obispo Juan Antonio Menéndez, asturiano que ocupó durante un breve espacio de tiempo la sede astorgana, puesto del que tomó posesión el 19 diciembre de 2015. Un hombre bueno y cercano que supo ganarse el afecto de los diocesanos desde el primer momento.
Queremos tener un recuerdo especial para él, quien sufrió ataques continuos y malintencionados por parte de algunos medios de comunicación debido a unos hechos sucedidos hace más de cuarenta años que tuvo que afrontar sin tener el respaldo que se merecía, que le reportaron numerosos disgustos y que probablemente en gran medida fueran causantes de su muerte.
En la entrevista que le hice en noviembre de 2018 quedó patente su humildad –rasgo característico de los grandes hombres– cuando me comentaba que recibió su nombramiento con sorpresa, aunque lo aceptó porque se lo demandaban. También mostró su soledad y dolor ante la situación que tuvo que resolver, manifestando: “para mí es una cruz, aunque el Señor me da serenidad y paz…”.
No obstante, dejó constancia de las “muchísimas alegrías” que le reportaron las visitas pastorales y otros proyectos que puso en marcha. Cabe recordar que desde el primer momento visitó las parroquias diocesanas, donde fue acogido con gran júbilo por los feligreses, algo que se ganó por su simpatía, bonhomía y saber estar cerca del pueblo. En las visitas que hizo a La Bañeza saludaba a cuantas personas se le acercaban, teniendo gestos de cariño especialmente hacia los enfermos y ancianos, siempre con la sonrisa en el rostro.
En las numerosas conversaciones que tuvimos dejó patente que “un obispo debe estar cerca de las personas, hacerse partícipe de sus alegrías y sus penas, tratar de comprender sus tribulaciones, perdonar sus faltas y ayudarlas en todo lo que esté de su mano”. Se le veía disfrutar cuando vino a compartir el potaje de la Cofradía de Nuestra Señora de las Angustias y Soledad –es el primer obispo que lo hizo–, sentado como uno más y sin pedir ningún privilegio por su posición.
Inteligente, prudente y culto, se interesaba por todo lo que acontecía en la diócesis, sabía escuchar, contrastaba la opinión de los demás antes de tomar decisiones y medía sus palabras intentando no hacer daño y sí generar confianza.
Una pérdida irreparable para la Iglesia. Queda en nuestro recuerdo y oraciones. Descanse en Paz.

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