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31 Ene 2020

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CORONAVIRUS

Pedro Rubio

La denominación “enfermedad emergente” tiene varias acepciones, pero la más común es la de una enfermedad nueva causada por un agente patógeno desconocido. Las zoonosis son las enfermedades que se transmiten de forma natural entre los animales y el hombre. Estamos destruyendo enormes extensiones de áreas selváticas e invadiendo ecosistemas vírgenes, y una de las consecuencias es la aparición cada vez más habitual de nuevas zoonosis emergentes. En muchos ecosistemas viven animales de todo tipo que están infectados por agentes patógenos conocidos o desconocidos con los que frecuentemente llevan conviviendo miles de años y que no le causan ninguna enfermedad a ellos. El problema viene cuando estos agentes llegan a otros animales con los que no habían tenido contacto previo o al hombre. Quizá el ejemplo más dramático sea el Ébola. Todo el mundo tuvo noticia de la gran epidemia que hubo en África en 2014 y actualmente la enfermedad sigue muy activa en el Congo. El virus del Ébola tiene su origen en murciélagos frugívoros, que pueden infectar al hombre directamente o indirectamente a través de otros animales, como los primates no humanos o algunos antílopes.
En este momento la preocupación mundial por el nuevo coronavirus aparecido en China, que momentáneamente se denomina 2019-nCoV, es creciente. En muy poco tiempo ya ha infectado a cerca de 10.000 personas y matado a más de 213, y se ha extendido a Europa, América y Australia, además de a diversos países próximos a China. En China apareció también en 2002 otro coronavirus, el virus del SARS (Síndrome Respiratorio Agudo Grave), del que hubo más de 8.000 casos en todo el mundo que causaron cerca de 800 muertes.
¿Por qué en China? Allí se dan unas circunstancias especiales: conviven muchísimos millones de personas con grandes concentraciones de animales y hay mercados muy concurridos donde se comercializan animales vivos de las especies más diversas que uno pueda imaginar. El coronavirus del SARS tuvo su origen en civetas, un vivérrido parecido a nuestra gineta, aunque parece que el reservorio original eran también murciélagos que infectaron a las civetas. El año pasado hubo también varios casos de peste bubónica en China, en Mongolia Interior, en personas que habían comido carne cruda de marmota. El consumo de carne de animales silvestres es en algunas zonas de China un signo de sofisticación y partes de estos animales se consumen incluso crudas. Estas costumbres gastronómicas tan peculiares favorecen que agentes infecciosos de animales silvestres lleguen al hombre. Si además se transmiten por vía respiratoria y aparecen en una ciudad con once millones de habitantes que es un nudo importante de comunicaciones, como Wuhan, se dan todos los ingredientes para que suceda lo que está sucediendo. Una enfermedad de este tipo hace un siglo habría sido un problema local, pero ahora un viajero infectado puede llevar el virus al otro extremo del mundo en unas horas.
La buena noticia, si la hay, es que el trabajo científico que se ha hecho ya con el nuevo coronavirus es increíble por la rapidez. Los primeros casos se declararon el 12 de diciembre y ya se han publicado dos trabajos en el Journal of Virology (accesibles por internet) que indican que muchos de los primeros infectados habían visitado un mercado donde se vendían animales vivos digamos “normales” y otros menos normales, como serpientes y murciélagos, algo que es habitual en China. El último trabajo, del día 25 de enero, dice que el estudio del genoma del virus indica que parece ser un virus recombinante entre el coronavirus de murciélago y otro coronavirus de origen desconocido, y que probablemente las serpientes son el reservorio de este nuevo coronavirus, el llamado 2019-nCoV. En China se están haciendo esfuerzos por limitar el comercio y el consumo de carne de animales silvestres, algunos de los cuales están en peligro de extinción.
La invasión de la naturaleza y la alteración del ambiente facilitan el contacto del ser humano con agentes infecciosos que estaban en un nicho ecológico donde no producían ningún problema. Somos nosotros quienes los transformamos en monstruos al sacarlos de su ecosistema. Esperemos que los chinos cambien algunas de sus exóticas e incomprensibles costumbres gastronómicas. Queridos chinos: cambien ustedes las civetas, las serpientes, los murciélagos, los pangolines, etc. por jamón ibérico y ya verán qué bien les va.

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