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07 sep 2019

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Arqueología familiar

Marta del Riego Anta

He estado estas vacaciones ordenando los libros y papeles de casa. Haciendo arqueología familiar sobre mi madre. Cuadernos de caligrafía, novelas de bolsillo, libros de gramática, misales, álbumes de cromos, cómics. Y pequeñas agendas en las que apuntaba retazos de su vida. ¿Qué hacía una joven de dieciséis años a finales de los 50? Hojeo una libretina en la que describía un verano en La Bañeza. Salía con sus amigas en bici: Rosa Flores, Elvira Gutiérrez, María Victoria Ares. Me imagino a una pandilla de chicas con sus faldas al vuelo, porque claro, no se usaba pantalón, recorriendo La Bañeza sobre sus grandes bicicletas de hierro. Iban a Soto, a Requejo, a Sacaojos. Por las tardes se sentaban en un banco frente a Imperiales Alonso a ver pasar a la gente, sobre todo a los chicos. Iban al cine, a ver La casa de té de la luna de agosto con Marlon Brando. A misa, claro. Al balonmano –no sé dónde se jugaría–. Al fútbol. Al río. En las fiestas se lo pasaban “en grande” en el tiro al plato y el tiro al pichón. Se juntaban en el Jardinillo para espiar a un chico que les gustaba, que salía a cavar la huerta en la parte de atrás de su casa –cuando en La Bañeza todas las casas tenían huerta–. Además, mi madre acudía a clases de música y de costura. Encargaba por correo a Galerías Preciados unas zapatillas y un cepillo para el pelo. Y, sobre todo, iba a las verbenas.

……………..Puede leer el artículo completo en nuestra edición impresa)

@martadelriego
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