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07 jul 2018

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El Obispo de León destacó la sonrisa permanente del “atropachicos” D. Ángel
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Con motivo del 60º Aniversario de la Ordenación Episcopal del Siervo de Dios D. Ángel Riesco Carbajo y coincidiendo con el 46º aniversario de su fallecimiento, el Obispo de León, Julián López Martín, pronunció una conferencia titulada “Mis recuerdos de Don Ángel” en el salón de actos del Centro Cultural de las Tierras Bañezanas, el lunes 2 de julio. En la mesa le acompañaron el Obispo Rutilio del Riego, la directora del Instituto Secular Misioneras Apostólicas de la Caridad, Emilia Estévez, y la secretaria, Mercedes Moratinos.
La directora se encargó de presentar al conferenciante ante el numeroso público desgranando su extenso currículum, del que destacó especialmente que es presidente de la Comisión Episcopal de Liturgia en la Conferencia Episcopal y su pasión por la Sagrada Liturgia. Después tomó la palabra el obispo para comenzar agradeciendo “la atención que me prestan las misioneras” y recordando que “tuve la suerte de conocer a D. Ángel en el Congreso Eucarístico Comarcal que se celebró en Toro (Zamora) en 1959, cuando al terminar la jornada dedicada a los niños que él protagonizaba, les hablaba, les hacía cantar y vibrar…”.También destacó su testimonio de fidelidad a la iglesia, sencillez evangélica y, sobre todo, capacidad de sufrimiento: “sorprende como fue tratado, pero el Señor lo permitió y, sin duda, estaba probándolo y haciéndolo crecer en santidad”.
Luego centró su exposición en tres aspectos: su apodo de “atropachicos”, el que fuera llamado “doctor en la sonrisa”, ambos en referencia a D. Ángel, y una breve reflexión sobre lo que significa acoger el Reino de Dios como un niño: “esa sonrisa permanente brotaba de su interior como en el caso de los pequeños, que son espontáneos, auténticos, reconocen la bondad y la verdad, así como las situaciones en las que se sienten felices”.
En cuanto al mote cariñoso de “atropachicos”, afirmó que “los apodos populares suelen ser más exactos que los nombres de pila”, antes de citar su labor pastoral como muy hermosa y hoy bastante difícil, con verdad, cercanía y afecto, logrando la admiración y respeto de los niños hacia el sacerdote, refiriéndose a su llegada a La Bañeza en 1926 para encargarse de la catequesis parroquial, donde los asistentes notaron de inmediato algo especial en él, dado que “con su sonrisa permanente, retentiva tenaz y dosis muy elevadas de cariño se metió en el bolsillo a toda la infancia de la ciudad”. El prelado subrayó que “sin duda, tenía un carisma, un don del Espíritu Santo para atraerlos”, porque captaba su atención con palabras pero sobre todo con actitudes, sabiendo divertirse y jugar, siendo alegre y acogedor con ellos, para lograr una excelente cosecha.
Recordando que pasó momentos muy difíciles, con enfermedades, disgustos y humillaciones, y centrándose en su sonrisa, señaló ‒con palabras del Obispo Antonio Briva, al que atribuyó una gran altura intelectual, cercanía, sabiduría e inteligencia‒ que esta “cubría como blanca nube los sufrimientos de su corazón y era el espejo de un alma dueña de sí misma”, además de destacar sus actitudes pastorales verdaderamente eficaces, gracias a su amabilidad, cordura y alegría, “que es mucho más que un sentimiento, es fundamentalmente el signo de una paz interior, y sobre todo de una unión profunda con Dios que brota espontáneamente y se traduce al exterior”.
Asimismo, utilizando varias citas evangélicas, atribuyó a D. Ángel las cualidades de hombre sencillo, llano, franco en el trato, servidor de las personas con quien hablaba, sin perder su dignidad y compostura, porte externo y elegancia, cumpliendo las palabras de Jesucristo “sed sencillos como palomas”, antes de finalizar con una reflexión sobre ¿qué significa acoger el Reino de Dios como un niño?: acercarnos a él con confianza, sin prejuicios, con sencillez, bondad, ternura, saliendo de uno mismo, abriendo los brazos al Espíritu, porque el Reino de Dios es el bien superior y está destinado a los pequeños, los limpios de corazón, los humildes y sencillos… Y concluyó con bienaventuranzas: “bienaventurados los pequeños, humildes y sencillos, bienaventurado D. Ángel porque supo ser como un niño y creo que así fue recibido en el Cielo”.
Una eucaristía en Acción de Gracias celebrada en la iglesia de Santa María, que presidió el Obispo Julián López, junto al que concelebraron el Obispo Rutilio del Riego y los sacerdotes Ricardo Vega, Felipe Pérez, Pedro Miguélez y Miguel Gutiérrez, y cantó un coro dirigido por el párroco Jerónimo Martínez, puso el colofón al recuerdo de D. Ángel, junto a cuya tumba oraron los obispos y sacerdotes.

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