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18 mar 2017

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Señoras que se cuelan

Marta del Riego Anta

Cuando éramos niños mi abuela Carmen nos enviaba a los siete nietos a hacer recados. Éramos una especie de armada menuda siempre a su disposición. Pasábamos por su casa y nos mandaba al huevero o a llevar un paquete a alguien. A menudo, a comprar hilo a La Estrella. Mi abuela me daba un retal de la chaqueta que estuviera cosiendo, “hala, que te dé un carrete un poco más claro y, si no, que te dé un par para escoger”. Otras veces me enviaba adonde-Pollán (dicho así, de carrerilla). Me parecía una tienda gigantesca y oscura, con pasillos sin fondo, un ejército de empleados muy serios y un mar de olores extrañísimos: queso, pimentón, bacalao. Y también estaba la pescadería de Fonfría, donde recogía lo que mi abuela había encargado. O iba al quiosco de la plaza a comprar el Hola. O a la panadería debajo de casa a por una barra. Los nietos estábamos para eso: para hacer recados. Y después, siempre nos compensaba con una propina, los restos de las vueltas o la calderilla que tuviera en el monedero.

……………..(Puede leer el artículo completo en nuestra edición impresa)

@martadelriego
Superheroína del noroeste.blogspot.com

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