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26 nov 2016

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Perfume de cloro

Marta del Riego Anta

Me la encuentro en mi piscina climatizada de Madrid. Es muy guapa, alta, con la nariz fina y los ojos almendrados. Y tiene un lado del cuerpo paralizado por un ictus. Pero no permite que nadie la ayude, se viste y desviste sola, se acerca a las escalerillas apoyada en una muleta. Y en el agua, de pronto, vuelve a ser la chica que era antes de que todo se torciera.
Nadar tiene eso: te devuelve al líquido elemento, en el que flotamos antes de nacer y en el que nos sentimos diferentes, más ligeros, eufóricos. Siempre me ha encantado el agua y muchas ideas para mis novelas (o para mis columnas) se me han ocurrido nadando. El control de la respiración y de la coordinación que requiere hacen que una parte de mi cerebro se concentre en las ideas como si fueran metas y se dirija a ellas sin vacilar. Me emociona nadar en el mar, sobre todo si veo a los peces deslizarse debajo de mí como en las aguas calmas de las islas griegas; y nadar en los remansos del río Eria, con su silencio y su orla de fresnos y montañas. Pero también en las piscinas. Ya el olor a cloro me estimula (tiene algo adictivo). Así que, cuando hago la maleta, jamás olvido meter el bañador y las gafas, por si cae alguna alberca a mano. He visitado piscinas climatizadas en Londres, Berlín, Nicosia, Miami, Atenas, Dubai, Moscú, Estambul… Y por supuesto, en La Bañeza.

……………..(Puede leer el artículo completo en nuestra edición impresa)

@martadelriego
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