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05 nov 2016

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Tan ricamente

Marta del Riego Anta

Me gustan las mañanas otoñales de domingo. En ellas tienes la obligación de descansar por decreto. Así que nada malo puede suceder. En realidad, nada puede suceder, el tiempo se detiene y el lunes queda aún lejos. Las tardes, sin embargo, son más insidiosas, se van cubriendo con la angustia del día siguiente. Pero las mañanas, ah, las mañanas. Las de mi barrio del Rastro de Madrid. Hacer un poco de deporte, comprar el periódico, leerlo al sol con una caña y unas aceitunas.Y quedar con un viejo conocido y enredarnos en una de esas conversaciones perezosas, al ritmo de los titulares del diario, mientras en los puestos del mercado se vocea la mercancía y los municipales se pasean con sus rígidos uniformes –me gustaría saber quién es el responsable de tamaño desaguisado estético‒. O las mañanas de La Bañeza: un paseo por el campo y después aperitivo con vermú y calamares y charla con quien pase por delante de la mesa. Con el vecino de la Currupia que me cuenta que viene del monte y que el día antes participó en un magosto. Con don Arturo, que prepara el camino de Santiago de este verano. Veintiocho tramos han recorrido ya; treinta personas que duermen sobre sus colchonetas hinchables en polideportivos. “Yo me echo lejos de todos, porque dicen que ronco mucho”, dice y se toca su pelo tieso entre risas.

……………..(Puede leer el artículo completo en nuestra edición impresa)

@martadelriego
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