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14 jul 2014

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Se nos fue un amigo
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José Dionisio Colinas

El viernes pasado, despedimos en Riofrío de Aliste, su pueblo natal, a don Gregorio Rodríguez Fernández.
Don Gregorio había nacido en esa zona del noroeste que forman los viejos pueblos de la comarca de Aliste, también llamada Campo de Aliste, esa franja de tierra extrema o Raya de la provincia de Zamora que nos separa de Portugal.
Había nacido en 1937 en ese pueblecito agrícola y ganadero, del cual decidió salir de niño para dedicarse toda su vida a la misión religiosa, educativa y pastoral.
Después de sus estudios eclesiásticos, fue ordenado sacerdote en 1961. Se licenció en Estudios Eclesiásticos por la Universidad Pontificia de Comillas; en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid (1972); fue profesor de Latín y Literatura en el Seminario de San José de La Bañeza (1978-1995), del cual sería también rector, y profesor del Seminario Mayor de Astorga (1983-2013). En nuestra ciudad bañezana, en la Semana Santa de 1989, nos deleitó con un magnífico pregón poético dedicado a cada una de nuestras bellas esculturas procesionales.
Su legado cultural, asumido a lo largo de sus años de docencia por multitud de alumnos, le lleva a ese sentido vocacional de educador que, unido a ese otro literario, le afianza en un legado poético, narrativo e histórico de lo tradicional, dejando en algunas de sus obras ese perfil étnico, como es el caso de su libro “Paisaje y Alma de Aliste”.
Su obra la podemos resumir en sus publicaciones: “Catolicismo y Plenitud en la obra de Paul Claudel”, “25 Años del Seminario Menor San José de La Bañeza” y “La Inmaculada en la poesía española” —de la cual conservo dos ejemplares dedicados, uno a mi esposa María del Carmen, compañera en el Seminario de La Bañeza, y el otro dedicado a mi madre, regalo que le hizo el día en que le bendijo su casa—. Otras de sus obras serán, “Rosario Poético”, “Semana Santa de La Bañeza”, “Los pueblos de Aliste” y “Devoción poética popular”.
Fue director del Boletín Oficial del Obispado. Últimamente regentaba varias parroquias de la zona de Luyego y sentía especial admiración por el santuario de la Virgen de Luyego de Somoza.
Siempre consideré a don Gregorio como un amigo, una persona inteligente, afable y depositante de su confianza en aquel que él veía su amigo. Siempre recordaremos a un Gregorio abierto, alegre, yo diría que casi un niño grande, sobre todo en esas tertulias y cenas a las que asistimos en casa de Tere y Jesús, en las cuales se sentía a gusto, disfrutaba y participaba abiertamente en las conversaciones.
Creo también que no se ha valorado su labor pedagógica y religiosa; pienso que, tal vez al cierre del Seminario Menor de La Bañeza, hubiese sido necesario ponerlo en un puesto de más responsabilidad y representación religiosa, pues creo que se lo merecía como persona intelectual y profesional. Sin embargo, humildemente acató su ministerio de párroco en esos pueblos de la Somoza que el obispado le indicó: Luyego, Villalibre y Quintanilla de Somoza.
Seguro que hoy, los que le conocimos interiormente, contamos con ese dolor desgarrado y algunas cadencias de ese Miserere Alistano por su pérdida. Ese canto que, como él muy bien decía, era el que mejor sintonizaba la gente de su comarca: “Es vida y realidad, pasión y muerte, dolor y respeto”.

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