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23 dic 2011

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CUENTO DE NAVIDAD: “Chispas de oro”
Horizonte

Loado seas siempre, mi señor, por el hermano fuego
Francisco de Asís

Para Mateo

Aquel día el invierno extendió su gélida luz, de golpe, con un silencio sonoro. Cuando se pensaba que se podía seguir sacando el rebaño a los pastos, hubo que estabularlo. Qué lenta mañana… Por la tarde, el abuelo trastabardeó, de los corrales al patio, escogiendo unas tablas de chilla con las que, con calma, fue reparando el armario de esquina. El nieto lo veía desde la cocina con sus ojos brillantes -al cristal pegados- entre el dibujo de sus dedos recortados en el vaho muy denso de la pequeña ventana.
El nieto veía al abuelo como si fuera un árbol menudo, coronado de escarcha, o con finísimas ramas de hilos peinados de algodones de azúcar. Y le abrió la puerta al verle venir con una brazada de leña; y la cerró enseguida, instintivo, como impidiéndole el paso al invisible fardo de frío que el abuelo parecía traer además a la espalda.
Ya nunca podría olvidar aquel inspirado momento de aquel Merlín inspirado: sus manos como bildas, y las venas como vides, y las uñas como rocas;¡cuánta magia! El pañuelo doblado que entraba y salía del bolsillo de atrás, haciendo el tiempo sagrado, venía a enjugarle hilillos de agua: con un lado, una vez, la nariz; otra vez, de canto, los labios; y con el otro lado, los ojos. Ay, la llegada del fuego, sus manos frotando, rebanando la estancia; su boca soplando, chiscando el chisquero de mecha.
-Quiero enseñarte chispas de oro, dijo, de pronto-muy viva la hoguera- con su rostro más fuego que rostro, mezclando su voz cadenciosa con la del puchero que en el borrajo empezaba a emitir vocablos hirvientes con tintineantes vocales de chapa.
-Vamos, dijo, espurriéndose, cuando ya venía la noche.
El niño, impaciente, siguió de cerca al abuelo. Ambos, envueltos en chales largos de lana, con cortos pasos de sombra, salieron camino del monte, al lugar que divide en dos mitades los sueños. Contemplando la cumbre, el abuelo apretó la mano del niño, más que para servirle de abrigo, para hacerle sentir que dirigía bien su mirada hacia donde aún quedaba, entre la rauda negrura, un horizonte de rayas doradas.
Y así, con ese ritmo que brota de un corazón junto a otro, del cielo callado vieron caer, con el sol en ocaso, chispas de nieve.

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