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11 feb 2013

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Transparentes disfraces para tiempos de máscaras
El_Coyote

Luis P. Carnicero

En este carnaval de crisis y de travestidas corrupciones, recuerdo la portada de un almanaque del Nuevo Coyote, del año cincuenta y tres, que leí años más tarde  y que ahora vuelve a mí envuelta en superhombres salidos de ajados tebeos que, eso sí, lamentablemente, desde la violencia, querían mostrarnos subliminalmente la síntesis de una raza. Pero de aquello quiero quedarme con la sorpresa de entender ahora que en aquella etapa, aún de posguerra, en la que se inculcaban valores patrios, los héroes, con inspiración medieval, eran de papel y se ocultaban. El Espadachín enmascarado; El Caballero fantasma; El Capitán Sol; Terciopelo Negro; y, sobre todos, los cercanos  a mis lecturas, El Guerrero del Antifaz y El Coyote, que en “días de prohibición”, oh paradoja, cubrían con antifaz sus ojos.
Aquella portada de entonces —que conservo; un día les contaré— me llevó a comprar, y a releer, en el ochenta y tres, unos pocos números reeditados de la serie creada por José Mallorquí en los años cuarenta: César de Echagüe, protagonista de El Coyote, hijo de un potentado californiano, regresa a su casa en 1851, cuando la usurpación de tierras por parte de los Estados Unidos, y despreciado por su padre, que lo considera afeminado, se oculta bajo un antifaz para convertirse en el justiciero que defiende a los hispanos de ser maltratados y despojados de sus derechos.
Aquella imagen, como si de un cierto Hamlet, en su diálogo de ser o no ser, se tratara, me lleva hoy a distinguir entre el disfraz y la máscara. Porque disfrazarse y enmascararse, desde luego, no son la misma cosa: el disfraz oculta, desdibujando la mirada; la máscara miente, cambiando el rostro. Hoy es tiempo trágico de máscaras, tiempo al revés en el que recitan sinceridad los cínicos y caridad los ladrones; y usan máscaras de preocupación los insensibles; y de sabiduría los ignorantes, y de eficacia los ineptos; y los necios, de elocuencia…
En el comienzo de El Coyote, el general norteamericano Clarke defiende su acción de usurpación, maltrato y despojo, diciendo que: “Es necesario destruir los cimientos de la vieja California, pues sólo así podremos edificar una California a nuestro gusto”: siempre la historia de basar todo en acabar con algo. Pues bien, destruir, sin más, no conduce a nada. Hoy, cuando se habla de la lucha contra la corrupción, parece que lo único a hacer es perseguir conductas, como si todo se resolviera con dosis policiales cuando se duda hasta de la justicia. Está bien, pero lo que hace falta es construir nuevos cimientos de honradez y aprender valores que no sean los de la Bolsa. Y eso cuesta.
Postulo, en este carnaval, la idea de ocultar bajo un disfraz de valentía la honestidad, y la generosidad, en pos del bien. Postulo la vuelta en paz a aquellos superhéroes de papel.

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