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José Luis Álvarez Baena: profesor del Taller de Pintura de la AECC
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JOSÉ LUIS ÁLVAREZ BAENA
Nació en La Robla, en 1961, y vive en La Bañeza desde hace 23 años. Tiene estudios de Formación Profesional, dentro de la rama de electricidad. Comenzó a trabajar como técnico de mantenimiento en el Ayuntamiento de La Robla y continuó haciéndolo para Siemens, en el montaje del grupo II de la Central Térmica. Posteriormente se presentó a unos exámenes de Fenosa y su destino “afortunadamente” fue La Bañeza, como técnico de mantenimiento en líneas de alta y baja tensión, hasta que sufrió un grave accidente de tráfico, en 1992, que le cambió la vida, al igual que a su mujer, y la empresa le dio la oportunidad de recolocarse como administrativo, cargo que ocupa en la actualidad. Desde hace cuatro años imparte clases gratuitas de pintura en el taller organizado por la Junta Local Asociación Española Contra el Cáncer (AECC).
14 mayo, 2012

¿De dónde surgió tu afición a la pintura?
Yo siempre he sido muy aficionado a dibujar a lápiz y hubo un punto de inflexión, un antes y un después, a raíz de la muerte de mi padre. Más que padre e hijo, éramos amigos y confidentes, y su muerte me produjo un trauma tremendo. Una amiga me comentó que, ya que me gustaba dibujar, por qué no me animaba a pintar. Le contesté que el color me aterrorizaba, porque no sabía qué hacer con él, y ella me dijo que fuera a hablar con Alfonso García. Allí di mis primeros pasos, capté sus sensaciones, su emotividad, y quedé envenenado de pintura las 24 horas del día.

¿En qué estilo te encuadrarías?
La definición está clara y en mis cuadros se ve. Al primer impacto visual le llamarías hiperrealismo y no lo es, sino que es un realismo insinuado o no finalizado, por decirlo de alguna manera. Me gusta captar las sensaciones en proximidad, los detalles en primer plano, y controlar la luz, el color y los matices para plasmarlos en un lienzo.

¿Creas o copias de otros autores?
En un principio, como todo el mundo, tuve que aprender de lo realizado, y ahora pinto aquello que veo y aquello que fotografío.

¿A qué pintores admiras?
Mi gran pasión como pintor, y creo que la de muchos otros, es Velázquez. Es purismo. Entonces no había fotografías y la forma de arrancar las sensaciones era la pintura.

¿Te has atrevido con el retrato?
Así es. En un principio empecé a realizar estudios de otros pintores y mi primer retrato qué duda cabe que tenía que ser mi mujer, Amparo. Una preciosa tarde de verano, con una luz maravillosa, Amparo estaba sentada en la parte de atrás de nuestra casa y me dije: ahora mismo te voy a “arrancar el alma”. Le hice una fotografía, me puse a ello y, en poco tiempo, conseguí las sensaciones. A partir de ahí, he hecho varios retratos, aunque tampoco es algo que me llame especialmente.

¿Cómo te animaste a enseñar en los talleres de la AECC?
Se juntaron dos circunstancias: la propuesta de Isolina Huerga y el deseo de ofrecer mis horas libres a gente que lo pudiera necesitar. En un principio, y nada más que me lo comentó, dije sí, no solo por el mero hecho de dar clase, sino por el motivo. Luego me entraron unos sudores tremendos, porque me tenía que enfrentar a algo muy serio. Nadie en España está haciendo el impresionante trabajo que hace la Junta Local de la AECC.

¿Qué te ha aportado el dar clases?
Bendito el momento en que decidí hacerlo. Me ha supuesto rellenar páginas de líneas difusas. Hay días de la vida que no tienen sabor a nada y trabajando con esta gente aprendes de sus sensaciones, te mimetizas para hacerlos felices durante tres horas, arrancarles una sonrisa y, cuando se van, que te den las gracias y muchos un beso. Ese es el beso más rico del mundo.

¿Qué impacto has recibido de esa experiencia?
Hay dos partes muy duras en mi vida. Una es el accidente y tener que salir adelante con el problema gravísimo que tuvo mi mujer y mi minusvalía seria, lo que nos hizo ver la vida de una manera diferente. Y la otra es la experiencia con los afectados de cáncer, ya que, cuando ves las ganas que tienen de vivir, aún padeciendo o habiendo padecido una enfermedad brutal, aprendes a hacerlo con muy poquitas cosas.
El primer año tuve a un niño en clase, “mi querido Heriberto”, a quien el cáncer se lo llevó por delante. Tenía un miedo tremendo a involucrarme con su enfermedad, y él, en una situación crítica, me dijo que el enfermo era él y que mi trabajo aquí era ayudar a gente que estaba como él y gente que iba a seguir.

El artista ¿nace o se hace?
Tiene que tener las dos bolas del bombo. Nacer con algo en las venas, que es genético y viene en la empaquetadura, y surgir algo que tire de ese hilo y conecte con el exterior.

¿Qué consideras imprescindible para empezar a pintar?
Sobre todo, la sensibilidad y las ganas de ver más allá en las cosas de lo que ve la gente normalmente.

¿Cómo ves La Bañeza?
No está bien con lo que llueve. Hay un trabajo en el fondo interesante, que hay que agradecer a Palazuelo, pero creo que hay mucho por hacer, mucho camino por recorrer, y es vital que una ciudad con el empaque que ha tenido La Bañeza no puede dormirse, ni esperar a ver si pasa un segundo tren.

¿Algo que quieras añadir?
Decirle a los lectores de El Adelanto que La Bañeza no está vacía, que hay mucha gente que hace cosas y a la que hay que valorar por lo que son, no por lo que queremos que sean.

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